sábado, 9 de mayo de 2009

Desidia



Por qué cuando hablamos de miedo nos dirigimos hacia los más terribles acontecimientos de la naturaleza o del destino? Aún en mi paranoia, aún pensando a cada momento en las zapatas de mi casa, el miedo a lo inevitable me da una especie de respiro espiritual, y hasta cierto punto, una motivación para una vida sin tapujos. Ese resplandor de la condición humana no puede llamarse miedo, al menos no en el sentido destructor del original, ese generado en nuestros tiempos de mentiras.


La existencia del hombre que en mí se plasma se retumba entre la comodidad del día a día placentero y un porvenir cuyas amenazas llegan menguadas a mi conciencia. Todo pues, está asegurado. Morir de hambre –en mi caso- es tan lejano que podría hasta burlarme de la sola idea. Claro, en este mundo marginal en el que vivimos mi solo intento de sapiencia podría confundirse entre los desconocedores (y lo digo porque yo soy un desconocedor que cayó en su propia trampa) como cultura. Podría vivir como profesor de educación primaria (¡Y quizás hasta secundaria!) en un pueblito de la sierra. Y mientras se va escribiendo, esta broma me suena tentadora. Y es que es eso precisamente, todo es justificado, meritorio hasta cierto punto. La gordura de la vida confabula con el progreso para convencernos de que la vida es demasiado sencilla como para abandonarla (abstenerse suicidas de tomar el anterior comentario para sus caprichos de inadaptados; aunque claro, pueden resentirse con este último: para eso está).


”No puede haber nada de malo en eso” sería lo primero que debe venirnos a la mente. Un porvenir asegurado y una estabilidad social son suficientes para disparar a un joven emprendedor a la cima. Empero en este momento debemos preguntarnos qué es lo que nos lleva a la superación si no el constante riesgo de que la vida no es lo suficientemente segura como para confiarse. En ese sentido la necesidad por salvaguardar la vida nos ofrece una dirección hacia donde llevar nuestros intereses. Sin este constante peligro ¿Qué nos queda? La superación pensará algún distraído que no entiende el problema. El progreso pensará otro más centrado.

Si bien es cierto, la ansiedad por lograr algo que nos recompense, que ese algo rebote en los ojos de los demás transformándose en una posible envidia. Ser digno de envidia es anhelable por más que se niegue. La insatisfacción producto de esa ansiedad lleva a realizar los actos más nobles de nuestras épocas en los jóvenes perdidos. Existen casos que ni siquiera tuvieron que alejarse del camino.
Esa línea del progreso y la superación ha sido tomada como un axioma social, eres culpable de algo grave si no lo entiendes así.

Sin embargo ¿Es realmente el progreso una necesidad humana universal? ¡PENSAR ASÍ ES UN SACRILEGIO! Pero es precisamente esta disyuntiva la que nos dirige hacia la trampa del peor de los miedos.

En el encuentro con la muerte renace el deseo de vivir y podemos estar seguros de que lo que nos pasa es lo adecuado. Ese fuego interno es lo más digno que podría imaginar. El miedo se presenta como un gran amigo, vital en todo el sentido de la palabra. Podría decir sin temor a equivocarme que el dolor nos recuerda que estamos vivos y el miedo nos recuerda que debemos vivir.

No me quejo, pero, sin la motivación que nos provoca el miedo hacia donde nos dirige la ansiedad de la vida moderna es a un eterno vacío. Dañino para quien entiende que no es necesario pero sin embargo no puede evitar frustrarse. El camino del progreso no puede dejar de mostrárseme como debería ser: voluntario y no impuesto. Es así que la ansiedad se duplica: por un lado la insatisfacción de no lograr los objetivos que se te han impuesto (o para ser más exacto la necesidad de alcanzarlos es lo impuesto); y por otro lado el hecho de que no deberías frustrarte por eso en primera instancia.

El miedo a la muerte te empuja a la vida, pero ¿El miedo a la nada hacia donde te empuja? Si no te impulsa no podría hacer más que destruirte. El miedo que no impulsa te hunde: pierdes la confianza en ti mismo por no haber logrado aquello que ni siquiera te viste en la necesidad de lograr. Entonces, ya destrozado, ya desesperanzado el miedo no te abandona, y tampoco la vida. Esta es una contradicción que hace sufrir profundamente el alma ¿Quiénes sufrían más en las sádicas guerras de antaño? ¿Serían acaso los valientes soldados que murieron como hombres, gozando de un dolor que es casi la oda a una vida de valiente? ¿O serían quizás los sobrevivientes prisioneros conocedores de su destino? Es que un miedo que no se sigue de la muerte y no impulsa a la vida es una paradoja de la naturaleza humana que hace padecer al alma hasta que. . . ¡NO! No hay final cercano, la tortura es eterna.

¡ESE ES EL MIEDO DE NUESTRAS ÉPOCAS! El miedo a la vida por la nada, al objetivo desmerecido, al padecer pasivo. ¡Cuánta gente vive sufriendo por los desastres naturales, cuánta sufre en demasía por la crueldad del destino que nos juega malas pasadas! Mucha, es cierto, pero ninguna peste se compara a la de llegar a casa y sentirte insatisfecho por no tener algo que tú nunca quisiste.

La desidia nos enfrenta a sus retos disfrazados en los nuestros. Previamente nos prepara para una derrota asegurada, luego nos enfrenta a un rival en una contienda ya perdida. Y finalmente se vanagloria en nuestra ridícula actitud al observarnos sufrir . .

S-I-N S-E-N-T-I-D O

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